04/10/2006
Milingo
por Pacifico Innato

MILINGO

“¡Milingo no se va, Milingo no se va!, corea entusiasmada la hinchada, ubicada en la paqueta tribuna del ateísmo local.
“¡Milingo corazón!, ¡no te mueras nunca!, ¡ídolo!”, braman los fanáticos agnósticos desde los tablones visitantes.
Pero, ¿quién es Milingo? Emmanuel Milingo es un negro grandote –como casi todos los negros-, que mide como dos metros y pesa más de 120 kilos. Nació hace 76 años en Lusaka, Zambia, y desde chiquito se enamoró de Dios. Cristalizó su vocación consagrándose cura primero y arzobispo después.
Siempre fue un rebelde y, como tal, “protagonizó un escándalo tras otro”, según la iglesia católica. El penúltimo despelote lo armó hace cinco años, precisamente el 27 de mayo de 2001, cuando se casó por iglesia, por supuesto, en un hotel de Nueva York, con María Sung, una acupunturista coreana 28 años menor que el arzobispo.
Entonces, el Vaticano amenazó con la excomunión si no dejaba a su mujer, no declaraba su fidelidad al celibato y su obediencia al Papa.
Después de un período de penitencia, Milingo dejó a su mujer, juró fidelidad al celibato y regresó a la iglesia. Arrepentido y perdonado por Juan Pablo II, el arzobispo realizó un prolongado retiro espiritual en la localidad bonaerense de O´Higgins, ubicada a 230 kilómetros de Buenos Aires.
Más tarde, en una especie de exilio y con el control estricto del Vaticano, Milingo se estableció en Zagarolo, cerca de Roma, donde nuevamente se le permitió oficiar misas. “Está haciendo buena letra”, dijeron entonces los jerarcas del Vaticano. Pero esa buena letra duró poco. En julio pasado, cuando ya estaba radicado en Washington, Milingo fundó la Married Priests Now, una asociación de curas casados, y volvió a los brazos de María, no la madre de Cristo, sino de Sung, la acupunturista coreana. A los curas del Vaticano se les pusieron los pelos de punta. Milingo tenía los días contados dentro de la iglesia.
La gota que colmó el vaso se produjo la semana pasada cuando Milingo ordenó obispos a cuatro sacerdotes casados. El Vaticano, entonces, aplicó lo que se denomina en lenguaje canónico la “latae sententiae”, que en criollo significa sacarle la tarjeta roja, y lo excomulgó definitivamente.
“Pobre Milingo, en plena globalización y revolución informática, la iglesia sigue aferrada al celibato de la época de la inquisición”, dijo apenada una conocida monja del barrio de Boedo.




Pacifico Innato



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