21/06/2006
LOS CIEN PEORES DIAS
por Lamberto Oscar


LOS CIEN PEORES DIAS

INDICE

Capítulo 1. Convertibilidad

Capítulo 2. La jura

Capítulo 3. El presupuesto

Capítulo 4. Las provincias

Capítulo 5. Fondo Monetario Internacional

Capítulo 6. Los impuestos

Capítulo 7. Las reuniones en Olivos

Capítulo 8. Escraches, cacerolazos y violencia

Capítulo 9. Las consultoras

Capítulo 10. La prensa y los periodistas

Capítulo 11. El regreso al Senado
Capítulo 12. Un año después
Eduardo Duhalde


APENDICE

Discurso de la Ley de Convertibilidad

Discurso pronunciado en la Ciudad de Rosario en Octubre de 2001

Derogación de la Ley de Convertibilidad

Después de la Convertibilidad











LOS CIEN PEORES DIAS
PROLOGO

Oscar Lamberto nos ha escrito un libro de indispensable lectura para aquellos que quieran indagar sobre uno de los capítulos más críticos y difíciles de la reciente historia argentina.
No me ha sorprendido que incursione con indiscutido rigor técnico sobre esos momentos tan dramáticos que el país vivió, dada su doble condición de testigo privilegiado y, a la vez, uno de los protagonistas más importantes de las decisiones que llevaron a su solución.
Pero sí confieso mi admiración y hasta un cierto deleite por el estilo directo, sencillo y pedagógico que emplea para abordar temas de tan alta complejidad, y por el empleo de un fino humorismo, que hacen fácil y amena la lectura. Alguna vez se dijo que el buen estilo literario es la cortesía que un escritor tiene para su lector, sin duda, que en este caso el precepto se ha cumplido.
Mi sorpresa es comprensible: Lamberto –como el que escribe estas líneas– es Contador Público Nacional, y es fama que los contadores no practicamos una profesión demasiado divertida. Un dicho muy repetido advierte que los hombres pueden llegar a la bancarrota por alguna de estas tres causas: el juego, las mujeres o, precisamente, los contadores. Y por supuesto, que ésta última es, desde ya, la forma más aburrida de fundirse.
Se necesita mucho talento para que un contador profesional (y además de los buenos, por cierto) se transforme en un fino y polémico humorista. Y Lamberto lo tiene. Acaso el humor haya sido también una de sus ayudas en aquellos meses tormentosos de la gran crisis económica, donde como nunca es menester conservar, a la vez, una mente atenta y despejada.
Nos conocimos en los tiempos fundacionales de la Renovación Peronista, a mediados de la década del ochenta, cuando un grupo de dirigentes justicialistas nos dimos a la tarea de rescatar a nuestro partido de la derrota electoral sufrida en octubre de 1983, aggiornando su identidad y democratizando su vida interna.
Representaba al peronismo de Santa Fe e integró una corriente interna que enrolaba a hombres que luego tendrían una participación descollante en la vida política del país: Eduardo Duhalde, Felipe Solá, José Manuel De la Sota, Jorge Remes Lenicov, Roberto Lavagna, Jorge Busti, Jorge Matzkin, Eduardo Amadeo, entre otros. Y también Néstor Kirchner.
Nos fuimos encontrando y reencontrando a lo largo del camino de estos últimos veinte años. La sensatez y la prudencia de su discurso se combinaba a veces con el fuego encendido de su oratoria, sobre todo cuando era dirigida a asambleas y congresos partidarios. Nuestras coincidencias fueron muchas. Recientemente volvieron a producirse en torno de la necesaria unidad del justicialismo, una vez concluido el proceso electoral.
Creo que nuestras respectivas visiones del juicio que nos merece la década del 90 son bastante parecidas. Fue una década de luces y sombras. Ni para demonizarla “in totum”, como hacen algunos de sus detractores más acérrimos, ni tampoco para glorificarla sin más, y sostener la conveniencia de reiterarla. Como casi siem



Lamberto Oscar
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