20/06/2006
El Club de Paris
El Club de París no es exactamente un club de fútbol, como podría imaginarse en principio cualquier desinformado. Si bien se juegan partidos, son de naturaleza bastante disímil al balompié. Es más bien un foro de carácter informal, tan decisivo como aburrido. Allí se reúnen la mayoría de los que “cortan el bacalao” en materia de finanzas internacionales. Tiene ya medio siglo de vida y los socios no deben llegar a 20, bastante seleccionados por cierto. De esa manera para sentarse en las sillas grandes hace falta ser presidente o parecido del Banco Central de un país europeo o de EEUU o Canadá o Japón, en síntesis, de los que mandan en serio.
Suelen reunirse una vez por mes, mas o menos y por allí desfilan de a uno y sentándose en las sillas chicas los representantes de los países chicos que le deben dinero a los países grandes que se sientan en las sillas grandes
En realidad los países concurren a este foro cuando no pueden cancelar sus compromisos y tienen necesidad de refinanciar sus deudas. Trabajo no les falta por cierto a los esforzados miembros del club.
La Argentina, nuestro país, que le debe a cada santo una vela es un asiduo y consuetudinario concurrente a las destacadas reuniones. Eso sí, por ahora siempre del lado de las sillas chicas.
Hacia poco tiempo que se había restaurado la democracia en el país, debe haber sido en el mes de junio o tal vez julio de 1985. El presidente era Raúl Alfonsín y sus negociadores el ministro de economía Juan Sourrille y el secretario de hacienda Mario Brodersohn. Completaban la delegación en carácter de invitados-observadores, miembros de la Cámara de Diputados vinculados a las comisiones de economía y finanzas. De esa manera concurrieron los diputados peronistas Oscar Lamberto (Santa Fe) y Héctor Maya (Entre Ríos). También los radicales Raúl Baglini (Mendoza) y Jesús Rodríguez (Capital). Si bien, no había premios Nóbel en los miembros de la comitiva, tampoco era la “armada Brancaleone”, como lo sugirió despectivamente un editorialista de la época.
De esa manera partieron los argentinos con una valija llena de argumentos a explicarle a los gerentes de finanzas del mundo en un lenguaje mas profesional que no había un mango partido por la mitad para garparles ni siquiera un sope.
Las negociaciones duraron como 2 días, con interminables discursos. Cada uno hablaba en su idioma de origen por lo cual la delegación nacional se quedó en ascuas en la mayoría de los casos. Parecían descendientes en línea recta de los moradores de la torre de Babel. En realidad no importaba demasiado, pues todos decían más o menos lo mismo: querían cobrar. Todos con gesto adusto y circunspecto. Nadie con una sonrisa.
Seguramente todos se cuidaban de no expresar lo que pensaban: los de las sillas grandes que los argentinos eran derrochadores, irresponsables, gastadores, puteros, impresentables e incorregibles y los de las sillas chicas que los del Club eran usureros, chupasangre y malos bichos.
A media mañana se hizo un intervalo para estirar las piernas y tomar un café. Durante esos minutos se distendían, parecían otros, algo así como seres humanos. Hasta intercambiaron algunas chanzas. Ese pareció el momento de los legisladores para hacer una basa, pues hasta entonces habían guardado silencio de radio como corresponde a un observador. En el preciso instante del natural silencio grupal para beber un trago, se escucha con tonada de chamarrita al diputado entrerriano Héctor Maya expresar con increíble naturalidad y firmeza, de manera tal que nadie dejó de escucharlo:

“Deuda vieja no se paga”
“el que la paga, esta loco”
“la nueva se vuelve vieja”
“ y no se paga tampoco”

Las reacciones fueron de lo mas diverso, el japonés emitió un sonido gutural que hasta el día de hoy nadie tiene en claro si se atragantó con una media luna o se preparaba para un ataque al estilo samurai; el norteameri


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