01/01/2007
La etapa de lo efímero
por Lamberto Oscar

Hace cuarenta años, Mafalda, el personaje de Quino, decía que la vida de la clase media argentina más que una vida era un escalafón. Primero había que recibirse de algo, conseguir un trabajo que durara hasta la edad de jubilarse, casarse con la primera novia, que era hasta que la muerte los separe, comprar en largas cuotas la casa, el auto, tener dos hijos, lo ideal que fueran una nena y un varón, tener una buena obra social, un mismo lugar de vacaciones, y dejar transcurrir los años hasta que el retiro forzoso lo obligara a pasar sus últimos días jugando a las cartas con todos los que eran igual que él.
En realidad se trataba de una descripción peyorativa de una sociedad cimentada sobre el estado de bienestar, que tenía como principios garantizarle al hombre un conjunto de derechos, que hasta fueron incorporados a la Constitución Nacional.
Las sociedades siempre se organizan sobre la base de la tecnología dominante y el estado de bienestar se vincula con el modelo de la fábrica típica de la era industrial.
El trabajo estable, la pertenencia a una organización sindical o profesional, el acceso a la vivienda propia, el valor de la familia, la asociación a un club, la afiliación a un partido político, se correspondía con un modelo estructurado sobre relaciones de producción mucho más permanentes.
La revolución tecnológica que produjo la informática, que a pocos años de su comienzo está trasformado radicalmente el mundo de relaciones e instaurando nuevos patrones de conducta, hace temblar las bases de la sociedad industrial, como ésta lo hizo con el modelo feudal, sólo que a una velocidad mucho mayor.
Los cambios se producen a un ritmo tan vertiginoso que un producto de la industria electrónica es superado por otro más avanzado a los pocos meses de su aparición en el mercado e, incluso, muchos descubrimientos ni siquiera llegan a fabricarse porque son superados antes que lleguen a ser un proyecto.
De hecho la adaptabilidad a los cambios se da con mayor facilidad en los niños y jóvenes, que afrontan con naturalidad el incesante avance de la tecnología digital y la incorporan como parte de su existencia.
El abaratamiento de computadoras personales y de la telefonía celular, el aumento exponencial de los usuarios de Internet, la proliferación de lugares donde se puede acceder a las redes por monedas, tiene un fuerte impacto en las costumbres. La comunicación instantánea a cualquier lugar del planeta y a cualquier hora produce cambios en la producción, el comercio, las finanzas y también en las relaciones entre humanos.
Los elementos tradicionales de transmisión del conocimiento están puestos en jaque, el acceso legal o ilegal y muy simple a cualquier tipo de música, de películas y también de literatura e información periodística, está cambiando la forma de las industrias culturales, que ven obligadas a trasformarse si no quieren desaparecer. Todos los días se produce el cierre de algún diario editado en papel.
La instantaneidad e inmediatez de la información, el cambio permanente de imágenes, le quita sacralidad y permanencia a todo lo que se creía para siempre en la sociedad industrial.
Si no hay nada sagrado todo se puede cambiar, y si además se instala como valor el éxito ligado a un consumo cuyo satisfactor es tener un producto más que poder usarlo, toda la sociedad se edifica sobre la conquista de bienes, cosas o personas, que una vez conseguidas, pierden el interés y de nuevo hay que comenzar la búsqueda. La sociedad de lo efímero es la exacerbación del consumismo.
También es la de inestabilidad laboral, la de la exclusión de quienes no pueden adaptarse, la de parejas de fin de semana, la de personas solas comunicadas por la red, la de los independientes que no tiene pertenencia a ningún partido y modifican de opinión según la información que reciben de los medios de comunicación.
Los cambios en las sociedades, provocados la incorporación de nuevos modos de producción



Lamberto Oscar
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