12/12/2006
Urbanos y rurales
por Lamberto Oscar

A principios del siglo XX el noventa por ciento de la población de nuestro país vivía en zonas rurales y sólo el diez por ciento en centros urbanos. Con el comienzo del siglo XXI los porcentajes son exactamente al revés, dándose el fenómeno de la concentración en grandes ciudades con el despoblamiento del campo.
Una primera lectura es el fuerte aumento de la productividad del sector agropecuario, que permite abastecer a más consumidores y exportar con muy poca utilización de mano de obra, mediante la incorporación y generación de las más sofisticadas tecnologías.
Pero por otra parte la concentración humana fue sustituyendo la cultura de los pueblos rurales hasta conformar una estructura de pensamiento donde el campo se trasformó en un lugar exótico sólo considerado como alternativa turística.
Las pautas de comportamiento se construyen a la medida de las grandes ciudades, se las enseña por igual en todos los centros educativos y se la trasmite a todo el país por una red de medios de comunicación que expresan un pensamiento construido sobre asfalto y hormigón.
Como los símbolos que se difunden llegan por igual al campo y la ciudad se produce una verdadera enajenación del pensamiento, dondela imagen es sólo una visión parcial de la realidad.
La cultura urbana llega a ignorar cómo se produce un pollo, una vaca, o cómo llega a la góndola de los supermercados un litro de leche, un frasco de miel, o un paquete de fideos.
¿Quién lo hizo posible?, ¿cuántos esfuerzos y penurias?, ¿cuántas personas forman parte de la cadena de comercialización?, para que ese producto llegue a nuestras manos, es normalmente ignorado por los consumidores.
El rostro del desconocimiento salió a luz pública con el reciente paro rural que como en Babel, donde Dios confundió las leguas de los hombres, importantes funcionarios públicos descalificaron a los productores tratando de exacerbar las diferencias que los presentaban ante la población urbana como meros especuladores, que en aras de grandes ganancias no les preocupa perjudicar al conjunto de la población.
Los huelguistas replicaron que más del cincuenta por ciento de lo que producen se lo lleva el gobierno con los impuestos, que no tienen incentivo a invertir y que el país corre el peligro de caer en el monocultivo.
Es absurdo discutir la importancia del campo en nuestra economía, como tampoco se puede ignorar cuánto inciden los alimentos en el bolsillo de la población, debería estar en la inteligencia de quienes dirigen, tanto al estado como al sector agropecuario, encontrar los equilibrios, que permitan expandir la producción aprovechando las ventajas de la coyuntura mundial y que garanticen el abastecimiento interno a precios compatibles con el ingreso de la población.
Una costumbre que se ha perdido en la cultura urbana, es apoyar el oído contra el suelo para escuchar los ruidos que se producen a la distancia, una mala práctica moderna es comunicarse en forma excluyente por los medios, en algún lugar del campo todavía la gente se entiende hablando de frente, con la compañía de algún mate.
Sería malo, que la cultura urbana limite tanto la visión del país que no nos deje percibirlo como un todo, mirarlo a través de índices de precios o de cantidad de votos puede dar resultados efímeros, pero también constituir pesadas hipotecas sobre el futuro




Lamberto Oscar
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