27/09/2006
LA MALA MEMORIA
por Lamberto Oscar

Volviendo del Parque Roca de ver una Jornada de la Copa Davis, me encontré con una hermosa Avenida en el sur de la Ciudad de Buenos Aires que lleva el nombre del Presidente Héctor J.Cámpora, no pude evitar de reflexionar en voz alta “En Argentina maltratamos a nuestros políticos en vida y cuando mueren utilizamos sus nombres para denominar las calles de las ciudades”.
Los grandes hombres que hicieron este país o lo gobernaron en algún momento, fueron calumniados, encarcelados, asesinados o murieron en el exilio o en la ignominia .
José de San Martín, Manuel Belgrano, Francisco Ramírez, Manuel Dorrego, Juan Lavalle, Facundo Quiroga, José María Paz, Juan Manuel de Rosas, José de Urquiza, Ángel Vicente Peñalosa, Felipe Varela, Bartolomé Mitre, Domingo Sarmiento, en el siglo diecinueve Hipólito Irigoyen, Juan Domingo Perón, Juan José Valle y Héctor Campora en el siglo veinte para nombrar solo los más conocidos.
En la lista están los protagonistas que en algún momento de nuestra historia militaron en distintos bandos o sostuvieron posiciones políticas encontradas, pero todos fueron objeto del mal trato por sus enemigos
El odio se mantuvo muchos años después de su muerte y solo con el paso de mucho tiempo fueron reinvidicados.
Pareciera que al nominar una calle se termina la interdicción y se ingresa en el portal de la historia.
Algo insuficiente para compensar el daño infringido mientras vivían e incluso después de su muerte, como por ejemplo construir una plaza con el nombre de Lavalle, sobre la casa de su víctima Dorrego, o levantar el monumento a Sarmiento en el predio donde se encontraba la residencia de Rosas.
A Eva Perón, hoy venerada en todo el mundo, hasta le robaron y ocultaron por décadas su cadáver.
Pasiones incontroladas, intereses inconfesables, comportamientos de jefes tribales, mezquindades incomprensibles, han signado la lucha política desde los albores de nuestra nacionalidad.
Y a juzgar por la confrontación creciente, sin reglas ni códigos, todo indica que tenemos muy mala memoria o hemos aprendido muy poco en casi doscientos años.
La intolerancia con el adversario hasta el límite de pretender su exterminio político, sin escatimar ningún método, por abyecto que fuere, no sólo mina los cimientos de la sociedad democrática, sino que además produce heridas que nunca terminan de cerrarse.




Lamberto Oscar
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