08/09/2006
La judilización de la política
por Lamberto Oscar

La lucha política nunca fue una cosa de niños, a lo largo de la historia encontramos ejemplos de los hechos más deneslables, desde reyes que mandaban matar a sus propios hijos, cacerías de brujas, violencia, calumnias, mentiras, en definitiva todos los pecados capitales cometidos en la disputa por el poder.
En los hogares de descendientes de inmigrantes italianos se podía escuchar “la política es porca”, dicho que trajeron de la tierra de Nicolás Maquiavelo, quien en sus concejos al príncipe describió los comportamientos y conductas de los actores políticos del renacimiento y que hoy siguen totalmente vigentes.
Pero como los medios de difusión, no pasaban de la información que a viva voz proclamaba el vocero real, sus efectos no iban más allá de la comarca, los hechos llegaban al conocimiento de muy poca gente, en general por tradición oral. Con la aparición de la imprenta y los diarios, la difusión tuvo mayor alcance, pero también limitada al mundo reducido de las pocas elites que sabían leer y escribir.
La irrupción en nuestros días de los multimedios e Internet ha potenciado de tal manera la propalación de la información que en un instante una noticia recorre el planeta, y como además una noticia tapa la otra, su permanencia depende de la gravedad o el impacto que tenga en la sociedad y también del tiempo que los dueños de los medios quieran mantenerla en el aire.
Verdades y mentiras se propalan de igual manera, atosigando al hombre que habita en nuestra era con tanta información, que no puede procesar ni tampoco comprobar si lo que le cuentan ha ocurrido o es solo trasmisión de información falsa.
Los medios bienintencionados se cuidan de ser objeto de maniobras y verifican las fuentes o exigen alguna documentación para cubrirse.
Una denuncia judicial suele ser un instrumento adecuado para fundamentar la noticia, aunque sea poco consistente y sea rápidamente desechada por los jueces, pero una vez difundido muy pocos se van a enterar que estas denuncias raramente prosperan.
La combinación de denuncia y difusión es un arma letal para la honra de las personas y una herramienta bastarda de la lucha política.
Descalificación de personas, destrucción de imágenes de dirigentes políticos y sindicales judicializando los actos que son propios de su normal accionar, es la nueva cacería de brujas, más sutil pero mucho más efectiva que el terror que imponía Torquemada.
Al menguante interés que existe en participar en los partidos políticos, hay que sumarle los riesgos de estas nuevas prácticas, que en supuesto nombre de una denominada “sociedad civil” apunta a la destrucción de los partidos e instalar otros actores en la conducción del Estado.
Las instituciones de la República están bajo el fuego cruzado de la diatriba, a veces con manifiesta intenciones de destruirlas, otras con la banalidad de la ignorancia, que descalifican sin conocimiento sus trasmisores de mala onda, donde a la sociedad le surgen como anticuerpos la indiferencia y el no te metas.
En esta manipulación se mueven grandes intereses, siempre es bueno averiguar quien les paga, para saber a quienes responden. En la década de los noventa la compra de inteligencia formada en los centros imperiales destruyó nuestra economía, hoy esos mismos centros financian a muchas Organizaciones no Gubernamentales cuyos fines como diría el General Perón son inconfesables.




Lamberto Oscar
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