17/10/2008
ESTADOS UNIDOS,UN IMPERIO SIN PERICIA
por José María Las Heras



No puede entenderse la crisis financiera global sin analizar el caótico siglo 20. La excepcional película Sunshine pinta, desde la historia de una familia judío-húngara, las consecuencias de los tres totalitarismos del siglo: el imperio austrohúngaro, el estalinismo y el nazismo. De la Segunda Guerra Mundial emergieron victoriosos Estados Unidos y la Unión Soviética. El mundo se partió en dos grandes áreas de influencia ideológica y nace la Guerra Fría ante el temor de un conflicto nuclear. Decía Einstein: No sé cómo será una tercera guerra mundial, pero sí la cuarta: ¡a palos!

Occidente se enfrentaba con el desafío de cómo ordenar el mundo. Desquiciados los países europeos, era la preocupación cómo afrontar la amenaza del poderío ruso y la coaptación de la democracia por el comunismo. Meses antes del fin de la guerra, se reunieron en Bretton Woods los países capitalistas para ver qué instituciones crear ante fallidas experiencias, como la Liga de las Naciones. Nacen así el Fondo Monetario Internacional para cuestiones financieras y el Banco Mundial para solventar la infraestructura económica para el crecimiento. Los europeos reconstruyen sus economías con un más publicitado que generoso Plan Marshall.

La advertencia de Keynes. John Maynard Keynes –astuto estadista–, como delegado del alicaído León inglés, advirtió sobre las inconveniencias del modelo de FMI que se pretendía instaurar. Discutió con Harry Dexter White –representante de Estados Unidos–, sosteniendo que debía ser un Banco Central Mundial al que los países aportaran reservas con sus propias monedas. ¡Un cachetazo a la posición norteamericana! White sostenía que Estados Unidos era el respaldo militar al mundo democrático sobreviviente de la guerra. Y además, la economía más poderosa. El dólar debía ser la moneda de reserva del sistema. Eterno perdedor en sus visiones estratégicas del mundo, Keynes una vez más no es escuchado. Ya había fracasado en la Conferencia de Versailles –posterior a la Primera Guerra–, advirtiendo sobre las consecuencias de imponer condiciones de hambre a Alemania. Tuvo razón: vino el nazismo.

A partir de allí, el mundo se polarizó ideológicamente por décadas hasta la caída del muro de Berlín. Los países europeos crearon el Mercado Común Europeo, base de la comunidad. Estados Unidos asomó con nuevo imperio. ¿Estaba preparado para serlo? James Burnham escribe en 1947: “Los Estados Unidos son llamados a escena antes de haber completado los ensayos. Su fuerza y sus posibilidades no han sido maduradas por la sabiduría que dan el tiempo y el sufrimiento. ¡Y se los llama nada menos que para dirigir el mundo!”.

No seremos pusilánimes aceptando –como los cipayos de la India– que el mundo necesita un mandamás. Pero sí, que para mandar se necesita estar preparado con reglas de juego que garanticen el orden global. Lo fue Roma con ocho siglos de imperio, España por más de tres e Inglaterra por casi dos. ¿Se podrá concluir que los imperios cada vez duran menos y que al norteamericano –hoy con apenas 60 años– le quedan pocas décadas?

Se notan las falencias imperiales de Estados Unidos –Bush potenciando–, suponiendo que las ideas pueden reemplazarse por la fuerza y la tecnología. Un imperio se construye desde una cultura. Es llamativa –y muy cierta, a pesar Steinbeck o Faulkner– la afirmación de un miembro de la Academia Sueca respecto a la baja calidad de su literatura. Ni Coca Cola ni McDonald pueden cubrir las fallas del imperio.

El mundo anda así, a los tumbos. La caída del régimen soviético fue un inteligente trabajo de pinzas, provocando el estrangulamiento económico ante la virtual amenaza de la Guerra de las Galaxias, apoyada por la visión milenaria de la Iglesia, conducida sagazmente por un papa conservador: Juan Pablo II. Pero lo cierto es que el mundo no está ordenado para nadie. Ni para los Estados Unidos y sus colateres del Grupo de los Ocho. Ni qué hablar de los que estamo


José María Las Heras


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