19/07/2006
Cancelación deuda con FMI
Sr. Lamberto.- Señora presidenta: hace unos años me invitaron a participar en un panel de devaneos intelectuales, en los que se discutían cosas de la teoría, cuyo tema era “Condiciones de un buen gobierno”. Había panelistas de toda América latina y para preparar nuestra participación analizamos los gobiernos de la Argentina de los últimos cuarenta años. Todos empezaron con muy buenas intenciones, con propuestas, y en general casi todos terminaron mal: algunos no finalizaron su gestión y otros tuvieron problemas para lograrlo.
En ese entonces hubo 19 presidentes: 13 civiles elegidos por el voto popular y 6 militares fruto de golpes de Estado. Todos apelaron a distintas escuelas económicas; pasaron casi todas las conocidas: estructuralistas, desarrollistas, monetaristas y liberales, aunque en distintos órdenes porque a veces dentro de un mismo gobierno cambiaban las escuelas, pero todos terminaron más o menos del mismo modo.
Concluimos entonces que debería haber algún elemento constante que motivara que gobiernos y economistas distintos terminaran de la misma manera. ¿Cuál fue este elemento común? ¿Cuándo empezó el ciclo de las desgracias argentinas? Cuando el doctor Arturo Frondizi firmó el primer acuerdo con el Fondo Monetario Internacional.
No es mi intención aburrirlos citando cifras, pero basta mencionar dos datos para percibir cuál fue el efecto de esta constante en la política argentina de los últimos cuarenta años.
En 1960 se firmó un primer acuerdo y la deuda pública era de 1.478 millones de pesos. Con los 18 a 20 acuerdos que se firmaron desde entonces con el Fondo Monetario Internacional la deuda pública llegó en 2004 a 198.296 millones.
Pero por otra parte cabe preguntar qué pasó con el ingreso de la gente. En la década del 50, antes de que el país entrara a formar parte del Fondo Monetario Internacional y firmara su primer acuerdo, el salario de los trabajadores constituía el 56 por ciento del producto y en 2004 fue del 25 por ciento. Si un médico aplica una receta durante todo este tiempo y observa que el enfermo está cada vez peor, evidentemente se da cuenta de que lo que no funciona es la medicina y que es necesario cambiar de remedio, de política.
Si acá hay una constante, que ha sido la política del Fondo, creo que este solo hecho convalida la decisión política de decir “basta”. Porque si durante cuarenta años llegamos a este estado, por lo menos démonos la oportunidad de empezar otro camino. Seguramente no nos irá peor de lo que nos fue.
¿Por qué la política del Fondo es intrínsecamente mala? La respuesta no radica en la perversidad de sus funcionarios sino en la concepción que inevitablemente lleva a generar deuda.
Los técnicos del Fondo van a plantear a cualquier gobierno la necesidad de tener un sistema tributario concebido en las mejores universidades y avalado por los mejores tributaristas, que tiene un solo problema: no va a recaudar lo suficiente para financiar el Estado porque en todas partes del mundo se aplican teorías hechas en algún país desarrollado que no condicen con la realidad concreta de cada nación. No hay un único impuesto para todo el mundo; uno debe tener en cuenta la cultura, las costumbres y la historia de cada pueblo. Lógicamente, si el sistema tributario no funciona surge el problema de con qué financia el Estado. Pero como a su vez el Fondo Monetario dice que las cuentas públicas deben tener equilibrio, si no recauda no puede gastar y así llega al extremo de que no puede cumplir con las funciones mínimas y elementales del Estado. Entonces aparece el préstamo, pues le dicen: “Si usted hace las cosas de esta manera, le prestamos”, y acá juegan en equipo: el Banco Mundial juega de bueno y el Fondo Monetario de malo.
Entonces, aparece el Banco Mundial que nos dice que nos va dar un préstamo para hacer un puente, un camino, una escuela o alguna reestructuración. ¿Qué va a decir el Fondo Monetario? “Mire, si usted toma el préstamo no va a po




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